Una cena íntima
Tranquilamente disfrutaba de una cena de mi trabajo diurno. Nada nuevo. Un compañero y su mujer y mi pareja y yo.
A ella no la conocía, solo por alguna foto que había perdida en el escritorio contiguo. Rubia, de pelo largo, no muy alta. Pero lo que más destaca de ella eran sus labios. Gruesos, sensuales y pintados de rojo brillante. Muy atrayentes.
No había ningún motivo oculto en esa cena, simplemente dos parejas para cenar, luego tomaríamos un café y cada cual para su casa.
Ya llegados al postre, mientras ellos disfrutaban de un café y un cigarro, y charlaban sobre futbol muy animados, ella me comentó si la acompañaba al baño. Asentí y nos excusamos conforme íbamos al baño.
Mientras caminábamos, charlábamos entre nosotras animadamente, tanto que ella coló su brazo entre el mío, y acercándonos más aun para hacerme un comentario en voz baja.
No podía evitarlo, pero comenzaba a excitarme. Me dejaba llevar por su brazo, y mientras ella seguía inclinada hacia mí, aproveché para respirar cerca de su cuello, llenándome del ligero perfume que llevaba.
Entramos al baño y yo me acerqué al espejo, mientras ella se introducía en el pequeño cuartito. En cuanto salió, intercambiamos las posiciones.
Cuando salí del pequeño aseo, ella estaba reclinada contra el lavamanos y retocándose el lápiz labial. No pude evitar perder la mirada en el redondeado trasero que se marcaba contra la delgada tela de la falda que la cubría. Una insinuante sombra delimitaba el contorno de la ropa interior que llevaba, que apenas se apreciaba a la vista. Deseaba pasar mis manos por esa redondez, pero me contuve.
Levanté mi vista al espejo y la vi reflejada, mirándome. Su sonrisa indicaba que sabía perfectamente donde había estado mi mirada.
Se irguió y guardó el lápiz en el pequeño bolso que estaba apoyado en un lateral del lavamanos. Mientras, me acerqué más a ella, hasta que casi mi pecho estaba pegado a su espalda, separadas sólo por unos centímetros.
-Me gusta tu perfume, ¿puedo olerlo? -pregunté mientras inclinaba mi cabeza hacia su cuello, para poder olerlo.
Ella echó la cabeza hacia atrás, apoyándola contra mi hombro, reclinando su cuerpo contra el mío, recorriendo esos centímetros que nos separaban.
Acerqué mi nariz a la piel de su cuello, y la acaricié. Mi lengua recorrió un pequeño trozo de su piel, dejando un húmedo rastro de saliva. Ella gimió y me dio más acceso a su piel. Su mano derecha se apoyó contra mi cadera, apretándome más contra ella.
Era todo el permiso que necesitaba.
Sabía que serían pocos los minutos que teníamos. Aunque dudaba mucho que nuestras parejas se diesen cuenta de cuanto tardábamos.
Mis manos se fueron inmediatamente a su blusa, sacándola fuera de la falda. Deseaba poder acariciar directamente su piel. Avanzando suavemente, acaricié su estómago, y me colé bajo su sujetador.
Piel caliente y suave me recibió. Apreté mis manos sobre su pecho, notando como sus peziones se endurecían. Los pellizqué y tiré de ellos. No tenía mucha movilidad con tanta ropa, pero no importaba.
Echando una rápida mirada a la puerta del servicio, temerosa de que alguien entrase por ella, necesitando hacer uso del servició, decidí usarla.
Saqué mis manos de debajo de su ropa, y ella gimió en protesta. Antes de que ella pudiera protestar más, la sujeté y la empujé contra la puerta. Y la besé.
Nuestras lenguas se enredaron, entremezclando nuestra saliva y nuestras respiraciones. Ella aprovechó para acariciarme por encima de la tela mi pecho y mi trasero.
Mientras la besaba, aproveché para desabrochar la blusa y encontrar el cierre frontal de su sujetador, liberando sus tentadores pechos.
Solté sus labios y capturé con mis dientes un pezón. Chupé y mordí mientras ella gemía de placer. Sin olvidar su pareja, le otorgue el mismo trato.
Sin separar mi boca de su pecho, una de mis manos bajó hasta el dobladillo de la falda, levantándola, colándose bajo ella, subiendo por su muslo. Llevaba unas medias sujetas por un liguero. Acaricié el borde de la media unos instantes, tentándola, hasta que ella me urgió a continuar explorando.
Alcé la vista unos instantes hacia su cara, estaba mordiéndose una mano, intentado acallar los gemidos que trataban de escaparse de sus labios. Y mordí su piel, lo suficiente como para hacerle algo de daño, pero no para dejar marcas.
Mi mano continuó su exploración, y encontró el calor de su sexo. Sus braguitas estaban húmedas, y deslicé un dedo bajo ellas. Resbalé mi dedo sobre sus labios hinchados y mojados de deseo, humedeciéndolo.
Lo saqué y la obligué a chuparlo. A probarse ella misma sus fluidos.
Me agaché delante de ella, y la hice sujetar la falda a la altura de la cintura. Su ropa interior era negra. La deslicé por sus piernas lo suficiente como para poder tener acceso a su cuerpo. Levantó una pierna y pude dejarla colgando de la otra.
Olía a calor, a mujer excitada y hambrienta. Así que no lo dudé. Mis labios y mi lengua se dirigieron a su sexo. Mi lengua recorrió sus labios, abriéndolos, forzando su entrada. Sorbí su crema, me amamanté de su clítoris. Por mis labios se escurría mi saliva mezclada con su humedad.
Apoyé las manos en sus piernas y forcé a abrir sus labios con mis pulgares, dejando totalmente expuesto a mi vista su cuerpo. Mi lengua volvió a lamerla, intentando introducirla dentro de su cuerpo.
Yo misma estaba también empapada, notaba mi ropa interior mojada con mi excitación. Ya tendría tiempo de aliviarme, pero ahora solo deseaba lamer hasta la última gota de su cuerpo.
Mientras jugueteaba con su clítoris, ella no perdía el tiempo. Había llevado sus manos a sus pechos y estaba estrujando sus pezones, apretándolos y pellizcándolos.
Estaba cerca de correrse.
Así que deslicé un par de dedos en su apretado calor. Su carne caliente y mojada rodeó mis dedos, bañándolos en su crema, a la vez que comenzaba a lamer su clítoris, presionando mi lengua contra el. Comencé a meter y sacar los dedos de su sexo, una y otra vez.
En unos minutos ya tenía tres dedos dentro de ella y seguía empujando en su interior. Hasta que se tensó alrededor de ellos, y se corrió con un gemido. Empujé más fuerte mis dedos, arrancando unos últimos instantes de placer. Mis dedos y parte de mi brazo empapado, cubierto con todos sus fluidos.
Saqué los dedos y la lamí. Bebiendo de su saciado cuerpo. Cuando terminé con ella, me levanté y me besó. Su lengua penetró en mi boca, apoderándose de su propio sabor.
Me preguntó si podría devolverme el favor. Sonreí y me separé de ella. Me acerqué al lavamanos y abrí el agua. Ella se recolocó la blusa y se bajó la falda. Agarró las braguitas del suelo y las guardó en el olvidado bolso.
Cuando terminé de lavarme, me giré y de su bolso agarré una pequeña libreta que había visto asomarse. Anoté mi número de móvil y le dije que me llamara el próximo fin de semana. Ella asintió con una sonrisa.
Volvimos a comprobar nuestro aspecto y salimos. Nuestras parejas seguían casi en la misma posición, todavía hablando de futbol. Ni se habían dado cuenta del tiempo que pasáramos en el baño.
Nos despedimos con dos besos en las mejillas, sonriendo. Compartiendo un secreto.
Un oscuro y secreto placer.